Hacia una palabra masonica publica

 

La Francmasonería no es una organización secreta, sino discreta. Discreta por obligación en los periodos de persecución, como lo que España conoció con la dictadura de Franco. En esa época, había que esconderse o partir; los que se quedaron en España y sobrevivieron sin ser condenados (muy pocos) tuvieron que ser muy discretos. Ahora estamos en un tiempo de democracia; la masonería tiene un estatuto legal y puede expresar sus opiniones. Por ello debe salir de sus templos hacia la sociedad, para difundir sus valores y ayudar a crear una sociedad más justa y más humana.

 

En cuanto a los valores, toda nuestra reflexión se funda en el tríptico revolucionario Libertad – Igualdad – Fraternidad cuyo telón de fondo es la Justicia. Valores que al ser tan poco aplicados en la sociedad constituyen para nosotros –francmasones del Gran Oriente de Francia - una preocupación permanente.

 

Con dichos valores y la promoción y defensa de la laicidad, disponemos de todos los ingredientes para la construcción de otro mundo mejor. La ley se encarga de instaurar y defender la libertad y la igualdad de los ciudadanos en un régimen democrático; de igual modo, la laicidad debe organizarse con leyes y reglamentos. La fraternidad, al contrario, no se decreta; se enseña a través de la educación pública. Nosotros la practicamos en nuestras asambleas, en nuestras reuniones. ¿Por qué no podríamos hacer lo mismo en sociedad? Tenemos el proyecto de dar clases de ciudadanía, lo que comprende civismo, laicidad, derechos humanos, sufragio universal, derecho civil e incluso la idea de república universal.

 

Además de esa educación ciudadana, debemos proponer soluciones a los enormes desafíos que el ser humano ha de afrontar para su supervivencia, como la protección del planeta, la sanidad pública, el empleo, los derechos sociales o la emigración y tantos otros.  

 

Debemos clamar y sobre todo actuar a favor de una vida mejor para los ciudadanos más desfavorecidos. No es necesario participar en luchas políticas. No tenemos ni clientes, ni electores, ni subordinados, ni jefes, ni privilegiados; tampoco disponemos de  una palabra divina; sólo hacemos uso de la palabra humana; sólo conocemos mujeres y hombres que sufren, que son rechazados, oprimidos, desfavorecidos; luchamos intelectual y concretamente en contra de la injusticia, de la desigualdad, de la opresión y de las restricciones de libertad.

 

Nosotros masones, promotores de un humanismo concreto que sitúa al ser humano en el centro de nuestras preocupaciones y da preferencia al bienestar general, no podemos quedarnos mudos frente a las injusticias, a la pérdida de valores sociales, a la privación de ciertos derechos humanos, a la desaparición de principios democráticos en las democracias o frente a la corrupción cada día más generalizada.